Se acercó nuevamente al mostrador y pidió un café doble acompañado de una copa de Napoleón que bebió de un trago. Pagó la consumición y salió a la calle. Circulaba poca gente por ella ya que la nieve arreciaba. Mario comprobó con satisfacción que nadie parecía espiar su salida. Comenzó a caminar con rapidez, en dirección a su oficina, pensando en la situación de Olga y en la suya misma. ¿Qué representaba aquella advertencia? ¿Qué sabían de él los rusos? ¿Habría averiguado Olga sus actividades? ¿Acaso los rusos lo consideraban el causante de la detención de su mujer? y lo que todavía lo inquietaba con más fuerza? ¿Quién había dado el chivatazo o cuál había sido el desencadenante de aquella situación? ¿Había tenido Olga alguna sospecha en algún momento? Repaso los aconteceres de los últimos días. Todo había transcurrido con normalidad: el concierto de los viernes por la noche, en esta ocasión una actuación insuperable de un pianista japonés interpretando obras del noruego Edvard Grieg, al que fueron en compañía de Ernesto y María; las sesiones de sauna y masajes del sábado en el hotel Majestic; el descanso dominical en el que cada uno se enfrascaba en sus aficiones. La mente de Mario se esforzaba en encontrar algún indicio, algo, alguna pista… y de pronto recordó un pequeño detalle que si en su momento no le había sorprendió, ahora adquiría cierto matiz a la luz de los acontecimientos. Fue durante la primera parte del concierto…
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